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  Globalifobia
Margarita Oropeza  
 

GLOBALIFOBIA

Igual que en la vida personal, donde los errores se equilibran o revierten, así en los movimientos sociales las injusticias cobran venganza. Suena como una chuntaresca definición de dialéctica, pero dígame si el movimiento globalifóbico no es un claro desafío al triunfo de los príncipes del dinero. Cuando los últimos disparos de las revoluciones socialistas dejaron de escucharse y la guerra fría dio la victoria al capitalismo, el rencor se fue gestando en el corazón de los derrotados. Y surgieron los globalifóbicos.

A José Bové, el granjero francés que ha pseudo-organizado tal protesta contra la deshumanización neoliberal, los ojos de los grupos remanentes de izquierda lo deifican como un nuevo Che Guevara internacional que lucha por la salvación de la Tierra y sus desheredados. Visto de lejos, tiene razón en lo que predica; pero también mucha responsabilidad y poco sustento teórico con qué responder. La globalización es una fuerza ciega, más poderosa que nada visto antes.

En entrevista publicada en El País, Bové revela ser un veterano de la primavera europea del 68, cuya aparente sencillez al estilo socialista, se contradice con el botín propagandístico de su pipa y bigote galo, que da vuelta al mundo conforme se aferran a su ejemplo sus (digamos) pares ideológicos en el mundo entero. El asegura que la invitación que le hicieron en Davos a exponer sus ideas en un foro, era una trampa, y como respuesta se presentó con sus amigos a dar palos y pedradas a cuanto se moviera. ¿Sería tal o, como Marcos, huyó inseguro ante la batalla de las ideas? También comenta, entre las bien cimentadas acusaciones al sistema neoliberal de promover la distorsión de la naturaleza, la frialdad ante el trabajo y la vida humanas, y la crueldad de los países ricos como predadores de los más pobres, que no le interesa entrar en el juego de la política, porque -dice- la lucha hoy está en el terreno de las ideas y “se ha demostrado (sic) que poco puede hacerse desde los Estados para enfrentarse al mercado”.

A uno le brinca una formulación así, ¿no?, porque aunque los movimientos sociales tienen su propio pulso, hay líderes que, vía el talento para mover multitudes, han caído en monstruosidades -como Atila o Napoleón- o conseguido maravillas como Buda o Juan Pablo II. La política es un juego de manipulación cuya santidad o satanismo depende del corazón humano y sus circunstancias.

Da lástima, crudamente dicho, que el movimiento globalifóbico sea una especie de gelatina rencorosa de cientos de miles de adeptos, que parecen ir a ninguna parte y terminan quebrando vidrios o concretando estupideces como destruir un Macdonalds-pelo-de-gato. Que, como la rabia adolescente, simplemente se rebele ante el poder de -en este caso- un hermano mayor que bruto y todo es más fuerte; sin tener claro cómo lograr su deseo: Humanizar a la OMC.

Quizás José Bové ha cometido el error de enarbolar el discurso agresivo como una David frente Goliat con la fórmula contestataria ya gastada del marxismo. Y se ha cegado a la otra opción: Debilitar la maldad o la indiferencia del megarrico con la fuerza intelectual del humanismo que apela al espíritu… lo cual se explica por la enemistad natural entre su “razón pura” y el vacío racional de la metafísica. ¿O será machismo intelectual a secas?

A lo mejor ahí está la respuesta: buscarle el lado blando a la riqueza y conquistarla para el bien pero con la inteligencia, y que germine algo nuevo. ¿Por qué seguir aferrados a que el dinero acumulado sólo genera maldad? Lo que la genera es la envidia de los pobres ante el rico; y el miedo que hace al rico egoísta. El dinero es un ente sin vida, que ante el soplo de la ambición, enciende el infierno.

No es posible pensar que José Bové y seguidores llegarán a parte alguna; es sólo un movimiento de resistencia que anuncia algo. La espuma del neoliberalismo destruye, ciertamente, pero la humanidad nunca se ha dejado arrastrar por la fuerza del mal; antes de caer, crea propuestas nuevas para flotar. Algo surgirá.

Margarita Oropeza

 

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