elBolígrafo - Magazine Literario Portada - Mándanos tus Artículos
  España - Internacional - Opinión - Sociedad - Cultura - Economía - Deportes - Informática - Relatos - Cuentos - Poesía  
  Literatura - Filosofía - Reflexiones - Ocio - Música - Teatro - Tauromaquia - Psicología - Relatos Eróticos - Varios  
 Suscripción
   
 Buscador de Artículos
 
Buscar en:
Palabra Clave:
 
 Útimos Artículos Publicados
   
 Promociónate
 

Si eres autor y deseas promocionarte o promocionar alguno de tus textos con elBolígrafo, este es tu enlace.

 
 Registro de Dominios
 

Todavía no tienes tu nombre de dominio en Internet... Regístralo antes de que alguien se te adelante.

 
 Hosting - Hospedaje de Dominios
 

Tienes una web y necesitas un espacio en Internet... En este enlace encontrarás el plan de hosting que más se adapte a tus necesidades.

 

    

  Recomienda este Artículo a un Conocido
  René Favaloro y el País Canibal
Manuel Lozano  
 

RENE FAVALORO Y EL PAIS CANIBAL

Sarmiento nos había advertido que estábamos convirtiéndonos en pastores de Europa, en criadores de vacas; y más tarde, lo vemos ahora con evidencia, nos convertimos en criadores de cerdos.
(Ezequiel Martínez Estrada, Cuadrante del Pampero)

Porque la cara de la muerte es verde, con la aguda humedad de una hoja de violeta y su grave color de invierno exasperado.
(Pablo Neruda, Residencia en la tierra II)


He leído rápidamente (sí, el adverbio se adecua en claridad a este caso), y no sin una creciente sensación de estupor, las ligeras y hasta obscenas notas publicadas en relación con la muerte de uno de nuestros hombres paradigmáticos, René Favaloro. Pareciera que una capacidad morbosa, por no decir psicopática, se adentrase en quienes sólo con un mero afán de crasa figuración pretenden ganar los primeros espacios de los mass-media.

A esta situación no la percibimos únicamente en las grandes ciudades de nuestro país, sino aún en las más pequeñas comunidades: los personajitos de pacotilla, los oportunistas de siempre, los cuervitos de papel maché, que no dejan de citar -aprovechando siempre la ocasión, es obvio- los previsibles lugares comunes del ego o las complacientes y lucrativas alabanzas a Dios.

Tuve el altísimo honor de compartir una amistad y de colaborar, durante más de diez años, con la poeta Olga Orozco, una de las voces más claras y profundas de la lengua española, una humanista como Favaloro. Recuerdo siempre que Olga, refiriéndose a esos sujetos rastacueristas, los llamaba no sin la caústica ironía que le surgía a borbotones, "sastrecillos de la vida y del idioma, escribientes con mangas de lustrina". ¿A qué buscar el cómo o el porqué de un suicidio, apelando a vagas e improbables motivaciones? Ahora la vida, su vida, en este punto, se transforma en objetos verbales: llámense mensajes, teorías, descubrimientos o experiencias.

¿No convendría preguntamos por los subtextos que conlleva esta muerte: cada uno de los "llamados de alerta" que nos lleva a resistir cada día? Un suicidio es una decisión personalísima de su libertad y no merece el juicio de quienes se arrogan, al mismo tiempo, los roles de fiscales y jueces en una tristísima opereta. El latino, intemporalmente más sabio, advertía: "La puerta está siempre abierta..."

Toda muerte abre entonces un interregno insoluble, frente al cual sólo quedan preguntas flotando en los mares lustrales del enigma. En un ensayo sobre Horacio Quiroga, anota Martínez Estrada, "(...) La muerte que para Pascal y Reclus era un acto en absoluto solitario, también resulta por su anverso una coacción colectiva; porque lo cierto es que nada debe juzgarse de menos responsabilidad propia que la muerte voluntaria. La sociedad es, en definitiva, la responsable y la que tiene que rendir cuentas; sobre ella recae la culpa, tarde o temprano, y la tiene que expiar". Entendamos, pues, el concepto de culpa o responsabilidad de Martínez Estrada, como una idea que tiene que ver menos con la tradición judeocristiana que con un destino de "hybris" helénica o purgamiento en el devenir social de nuestros grandes problemas.

Nuestras autoridades nacionales, acordes con la mejor tradición argentina de solemnidad y de hipocrecía (Borges dixit), ni siquiera parecen intuir lejanamente la trascendencia de esta terrible desaparición. La verborrea pedestre de estos gobernantes está a la orden del día: el secretario general de la Presidencia, Jorge de la Rúa, declara "que el gobierno nacional no tiene culpas que lavar", a la vez que sostiene que "no hay ánimo de salir a polemizar porque entendemos que no hay polémica". Bajo el mismo tenor, el gobernador Ruckauf niega una deuda con la institución, mientras Rodolfo Terragno opina "la muerte de Favaloro anula cualquier debate". Estos representantes del pueblo -de uno u otro signo político- han aprendido lo suficientemente bien las lecciones de los viejos Pilatos vernáculos.

También ha sido refrendada por miembros de la Fundación Favaloro la versión, mediante la cual, la Sra. Felgueras (ex interventora del PAMI) le habría hablado de manera grosera al científico cuando él acudió a reclamar una deuda de tres millones de pesos que "se habría esfumado". Por otra parte, mientras Favaloro recibía diversos homenajes (como el del hospital Pompidou o el Premio del American College of Cardiology) y era inaugurado un busto suyo en París en julio último, la embajada argentina hacía caso omiso de su presencia en esa ciudad, dedicándose a distinguir a los "embajadores agrícolas", Gabriela Sabattini y Guillermo Vilas. Este es el tratamiento especialísimo que prodigan nuestros gobiernos a los científicos e intelectuales. ¿En el ránking mundial del respeto a la ciencia y la cultura (la pregunta es paródica) qué sitio ocupa este país? Su amigo, el cirujano Carlos Chachques, rememorando el encuentro en París, declara: "llegamos a la conclusión de que la Argentina es un país antropófago. Se devora a sus mejores hijos".

La carta enviada por Favaloro al subdirector del diario "La Nación", Dr. José Escribano, se transforma a la luz de los hechos ocurridos, en un verdadero testamento póstumo. Revela de manera harto dramática: "Se nos adeudan dieciocho millones de dólares y se hace cada vez más difícil sostener nuestro trabajo diario que como siempre se brinda a toda la comunidad sin distinción de ninguna naturaleza, con tecnología de avanzada y personal altamente calificado, además de la tarea docente y de investigación. Le envío una nota que destaca los hechos recientes. Quizá le sorprenda que no esté de acuerdo con la modestia que siempre me ha acompañado. Le ruego su publicación -realmente lo necesito- para que se vea cómo se me trata en el mundo en contraste con lo que sucede en mi país. Me refiero a aquéllos vinculados al quehacer médico. La mayoría de las veces un empleado de muy baja categoría de una obra social -gubernamental o no- o de Pami ni contesta mis llamados"

Esa misma carta remata de la siguiente manera, "En este último tiempo me he transformado en un mendigo (...) Yo no vivo de homenajes, me duran unos momentos. Sí vivo de las pequeñas cosas de la vida y desde siempre mi satisfacción es ser útl a los semejantes". Este mensaje fue remitido a seis funcionarios y al Dr. Escribano. Sólo este último respondió al cardiocirujano. No resulta casual que el Premio Nobel de Medicina y Fisiología César Milstein llame al gobierno "a revisar toda la política oficial con respecto a la ciencia en Argentina".

Para seguir la tesis de Martínez Estrada, nuestro Favaloro eligió la muerte antes que la indignidad, la ley de Antígona (vale decir la memoria más pura de la especie humana) a los brutales dictados de Creonte. "(...) Esa era la ley, la ley de Antígona y no la de Creonte, a la que todavía en el siglo pasado obedecían los hombres de pro. Hasta que sus hijos se atuvieron a leyes, ordenanzas y edictos escritos en papeles timbrados y no en la conciencia libre de los hombres sanos", escribe el autor de "La cabeza de Goliat". "Si los intelectuales que sienten la cultura como un bien indispensable para su vida trabajan para defenderla de toda sumisión, especialmente si es ominosa, todo está salvado; pero si se doblegan y entran en el servicio de las grandes empresas anónimas que envilecen al hombre en su alma para esclavizarlo, todo se habrá perdido. Se trata, otra vez, de poder decir no y de saber morir antes de tiempo", remata el pensador.

Su indoblegable humanismo lo acompañó hasta el final. Sus últimas horas me recuerdan las últimas horas de Sócrates. El filósofo conversa con sus discípulos de los temas más variados, discurre sobre el alma y sus transmigraciones. Le pide a un amigo que luego de su muerte ofrezca un gallo a Esculapio, dios de la medicina. Borges señala que este hecho "tiene el sentido de señalar que Esculapio, dios de la medicina, lo ha curado del mal esencial, la vida". Favaloro trabajó hasta el final, como si quisiese sacarle dramaticidad a una decisión largamente razonada.

Georges Bataille, exquisito indagador y fusionador de los emblemas del bien y del mal, dictamina: "Ante la especie humana se plantea una doble perspectiva. Por una parte, la del placer violento, el horror y la muerte -exactamente la de la poesía- y, en sentido opuesto, la de la ciencia o el mundo real de la utilidad (...) Jamás tenemos el derecho de preferir la seducción: la verdad tiene derechos sobre nosotros. Incluso tiene sobre nosotros todos los derechos. Sin embargo podemos, e incluso debemos, responder a una cosa que, no siendo Dios, es más fuerte que todos los derechos: este imposible al que no accedemos sino olvidando la verdad de todos aquellos derechos, aceptando su desaparición".

¿Por qué no leer con más seriedad y respeto esta última decisión de un hombre que entregó su vida por el prójimo? ¿Por qué no asumir el espléndido trazado de una vida ejemplar, que excede en demasía el ejercicio de una disciplina científica, para transformarse en un arquetipo de lo humano en vías de extinción? ¿Qué sentido tienen ahora los panegíricos funerarios, un premio post-mortem, o las banderas a media asta por decreto presidencial? ¿Tal vez ya nadie recuerda que el desquiciado vocablo "patria", significó en otros tiempos, "la tierra de nuestros padres"?

Como los suicidios de Leandro Alem, de Alfonsina Storni, de Horacio Quiroga, de Lugones, o de un Lisandro de la Torre en las primeras décadas del siglo; como el lento y cruel suicidio de su amigo Martínez Estrada o de un Héctor Alvarez Murena, éstos últimos enfermos de un país que todavía hoy no los vindica, la muerte de nuestro querido Favaloro es más que una advertencia, que un mero grito desolante en mitad de un país cariado por la corrupción y el aletargado abandono de sus políticos analfabetos. Es el emblema humano de la inmolación de uno de nuestros últimos maestros. Es un tremendo alarido que resplandece en medio del desierto y nos obliga a actuar.

Manuel Lozano

 

Portada | España | Internacional | Opinión | Sociedad | Cultura | Economía | Deportes | Informática | Relatos | Cuentos | Poesía
Literatura | Filosofía | Reflexiones | Ocio y Viajes | Música | Teatro | Tauromaquia | Psicología | Relatos Eróticos | Varios

Aviso Legal | Promoción | Suscripción | Mándanos tus Artículos

Dirección en Internet: http://www.elboligrafo.com

© Copyright NeoDigit S.L. - Madrid (España)
Diseño NeoDigit - http://www.neodigit.es