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TIEMPO DE AMOR
(Para Cristina y Jose que albergan en sus miradas el amor inmortal)
Podría contaros algunas historias de amor pero no lo voy a hacer, esas
historias me desgarran por dentro y acaban postrándome sin remisión ante la melancolía.
La tristeza vive escondida en el fondo de los grandes amores humanos. Llevo un tiempo pensando en dedicarme más a los amores de la Naturaleza y de la imaginación. Se me antoja que nunca te defraudan ni desaparecen como lo hacen los amores entre las personas. Parece una paradoja, pero los amores de los mortales no son casi nunca inmortales y eso es un derroche innecesario. A mí, los inmortales, son los que me apasionan y casi nunca me hacen llegar al extravío cuando los paseo por mi memoria al atardecer. Los amores cotidianos se disipan sigilosos cuando menos lo esperas. Aquéllos que estuvieron un día enamorados se marchan y al siguiente empiezan a recordarlos
desconsoladamente y según van pasando las fechas, van enterrando cada noche un trozo de aquel amor en el olvido. Los míos no, los míos terminan siendo durante todos los días de mi vida como lo son el día de después. Siempre los echo de menos (qué bien suena echar de menos, ¿verdad?); igual que echa de menos a su marido mi vecina de abajo que todos los días la oigo llorar desconsolada. Antes sólo lloraba por las noches, ahora ya lo hace sin pudor a cualquier hora. ¡Qué pena! Toda la eternidad unida amorosamente a alguien y en cualquier momento y sin ton ni son te lo arrebatan. Desde que se lo quitaron, aprendí a escuchar sus sollozos desgarradores que ascienden filtrándose entre nuestras paredes de papel estraza sin ninguna conmiseración hacia mi compungido y desolado
corazón.
Estoy enamorado, como Don Quijote, aparte de oídas, de los colores que
despiden las bellas historias de amor que me cuentan. Y me enamoro también de los cuadros seductores que atesoran los días. A veces visito y recorro los lugares enamorados que en algún momento de mi vida me pertenecieron y que me enseñaron a diferenciar su encanto dependiendo de la estación en la que nos encontráramos, de las fragancias que desprendían o de mis estados anímicos. Entonces vuelven a ser tan
hermosamente actuales como lo fueron en su momento. Luego marcharé a otros territorios donde seguro encontraré otros paisajes para adaptarme a ellos y así intentar conseguir otros amores anónimos e inolvidables. De muchos amores humanos hace tiempo que me
despedí. Pero aún me quedan claros y nítidos sus recuerdos maravillosos y sus paisajes. Los conservo ya para siempre unidos a los que se me grabaron indelebles en el alma y que únicamente existieron en mi imaginación. Un amor. Sí, un amor. Eso es lo que llevaré
conmigo a cualquier mundo. Un amor tan profundo, sincero y vital que cuando ya no estemos sobre esta vida ayude a sobrevivir a los demás. Y es que el amor ayuda a vivir a todos los seres porque es lo único real de nuestra convivencia. Es el equilibrio necesario e imprescindible del desamor. Sino, ¿qué sería de todo este tinglado que tenemos montado por aquí? Voy a ver si soy capaz de aglutinar despacio todos estos sentimientos amorosos dispersos en letra muy pequeñita y repartirlos por los rincones de mi existencia.
Lo voy a intentar en una de esas tardes conmovedoras en las que el tiempo discurre lento para el amor.
Miguel Moreno González
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