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  Año Nuevo
Marta Helena Jimenez Rosales  
 

AÑO NUEVO

Hoy es primero de enero del año 2002, el primer día del primer mes del año y el segundo año del siglo, es obvio que el hombre en su afán de que los conceptos quepan ordenados en su cerebro ha creado limites, términos y fronteras sin las cuales andaría desarraigado, inseguro, completamente desubicado, de las más famosas el implacable tiempo, pero ¿quién puede negar el perruno bienestar que brinda la sensación de estar comenzando, de volver a estrenar? ¿quién por superficial que sea no se detiene a fines de año a hacer un balance y acto seguido esboza propósitos para el año nuevo? En realidad resulta una verdadera suerte cada año gozar esta hoja en blanco, este límite virtual que nos permite la ficción de comenzar un nuevo año, el año pasado el asunto tomó dimensiones de compromiso histórico: ¡ estabamos empezando un siglo! Algo habrá que decir sobre el asunto a nuestros nietos. Y que contundente resulta reconocer que salvo honrosas excepciones el tamaño de nuestros sueños y propósitos para el futuro es inversamente proporcional a nuestra edad.

Pero realmente es asombroso como éste limite creado nos convoca en ritos y celebraciones como las que sólo conocemos en libros sobre civilizaciones antiguas, (tragar uvas, calzones amarillos, vueltas con maletas, papas debajo de las camas, gente untándose billetes, velas rojas por el piso, espejos, rezos, y cuánta cosa ofrezca prosperidad en el año nuevo), éstas celebraciones de fin de año, con gente que se abraza, llora, baila, se deshinibe y se pone medio histérica, son para el modernísimo hombre, uno de los mejores pretextos para sacar todo lo primitivo que nunca dejará de ser.

No sé si la tarde me descubrió particularmente escéptica pero no puedo dejar de relacionar el asunto con el mito de Sísifo, condenado en los infiernos a subir una pesada roca a lo alto de la cima de una montaña de donde siempre e inevitablemente volvía a caer, casi puedo ver el sudor de la frente de Sísifo cuesta arriba, sus pensamientos mientras baja la montaña seguro giran alrededor de inventar nuevos métodos para lograr que por fin la piedra se quede en la cima, y cuando retoma su labor lleno de ingenua y brillante esperanza con todas sus renovadas fuerzas, con sus nuevos sistemas, esta tan alegre como los primeros días de colegio con los cuadernos limpios, como un primero de enero del primer año de un siglo.

Aún que la cosa puede ser peor, puede ser que bajando la montaña él ya sospeche que todo se trata de una mala jugada de los dioses y que lo van a tener en ese esfuerzo vano por siempre pero que verdad demoledora y contundente, qué podrá hacer Sísifo? No puede suicidarse (recordemos que está muerto), quedarse sentado junto a la piedra abajo: no puede su condena es subir la piedra, finalmente piensa que los dioses en realidad han querido condenarlo con el más humillante sentimiento de desesperanza, sabían que él sería consiente de estar bajo las reglas del absurdo, y que todos sus esfuerzos nunca contarían con un por qué o un para qué, mientras otros hombres pueden cargar sus piedras, juntarlas y construir castillos para vivir con sus familias, él no, él sube la piedra para nada, para verla caer y volver a subirla, como alguien que al llegar el fin de año, nota que el valor en libros de sus haberes es ficticio, y que no hay nada verdaderamente importante que hacer en el nuevo comienzo, celebra en una fiesta ajena, dónde los dueños de casa se abrazan eufóricos y hasta lloran de la sola emoción que les produce estar juntos.

Pero confiemos en la inteligencia de Sísifo, por que no subir la piedra, y disfrutar el olor del campo y el paisaje que contempla en la subida, unas veces subirla apasionadamente logrando que toda la montaña se estremezca a su paso, otras lenta muy lentamente mientras tararea canciones o recuerda poemas, después de todo es mucho mejor tener que subir la montaña con la piedra que no hacer nada, como dirían en un seminario de esos en que quieren convencer a todos de trabajar como burros para una organización “todo es cuestión de actitud”, tal cual como celebrar la llegada del año en un parrandón del carajo, aún cuando se tenga la certeza de que en realidad no existe el tiempo nuevo.

Claro, los dioses griegos tenían rasgos humanos por eso también se equivocaban, la condena debería ser rodar la piedra en un terreno plano, sin comienzo ni final, sin esos momentos gloriosos en que alucinados creemos que algo se termina - ese segundo cansado, sin brillo, sin intensidad que nos tenía agobiados - y el siguiente el que empieza - ese segundo limpio y brillante, dónde serán posibles las rectificaciones y los nuevos hábitos, segundos cada vez más nuevos y más veloces - dónde tomamos nuestra piedra llenos de jubilo, y los dioses desconcertados se mirán ¿Pero que es lo que les pasa, qué celebran estos imbéciles?

Marta Helena Jimenez Rosales

 

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