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PASEO POR MADRID
Bella es Madrid bajo la fina tela dorada del atardecer. Hermosa al trasluz de las hojas secas y caídas. Sobre el paseo alfombrado de melancolía, permanece mi mirada curiosa y altiva, rememoro el descubrimiento de un Madrid monumental, intemporal, luminoso y engalanado.
Durante esta milésima edad de oro miles de personas se buscan en la ciudad. Los amantes se citan en cafeterías y parques, se encuentran saboreando el romanticismo (o al menos ellos lo creen así) del momento, comparten (sin demasiada conciencia de ello) unos últimos rayos de sol y (puede que) algo más.
Paseo por un Madrid, un poco de miranda. Un Madrid que es el mío, que siempre ha sido mío, pero en el que hoy parezco no tener cabida. Porque uno en momentos como este no puede menos que recordar inundado de nostalgia, uno busca emociones que ya ha vivido (que puede que se parezcan un tanto a las que ve y añora en los demás). El recuerdo de un sentimiento, de una excitación, de un placer, puede con nosotros, nos derrota hasta llevarnos a mirar hacia arriba, puede que hacia abajo y dejar correr un poco de agua de sal por las mejillas o cortarlo antes de que se haga evidente para los demás (no es cuestión de llamar la atención).
Dejo que mis pies se deslicen por las calles monumentales y rotundas, busco la bajada por Alcalá con sus raudos coches, sus motos ruidosas como moscas cojoneras, los autobuses chirriantes y gritones. Y vemos pasar a las gentes, las parejas anudadas de la mano o la cintura, son muchos más los que pasean, pero sólo existen ellos. Nos pasamos la vida persiguiendo, buscando algo que se parezca a lo que dicen que es amor. Las buscamos, pensando poder encontrarlas en cualquier recoveco de nuestra mísera y llana vida, y no aparecen. Recuerdas entonces algún inesperado encuentro y es peor porque el recuerdo lo engrandece todo, mitifica, diviniza, cómo no, a la divina (¡ay!). Terminamos buscando utopías en la áurea tarde madrileña.
El recuerdo suele terminar por definirse (basta con traerlo a la mente un par de veces para que ello suceda) hacia lo positivo, la imagen que nos deja bien en la historia, en lo feliz, los buenos momentos, que en el caso del amor (si la cosa luego salió mal) terminan siendo los peores. Ese recuerdo se termina haciendo patético, quisiéramos tener a aquella persona con la que ensayamos nuestro amor, o que ni siquiera tuvimos la oportunidad de hacerlo pero que llegamos a querer igual (o puede que más por imposible fraude). Lo bueno termina siendo malo porque ya no lo tenemos. La imaginación vuela sola y trabaja demasiado en el recuerdo.
Pero ahora es distinto, buscando la muerte del sol hacia Sol, hablando en voz baja, alta, desgarrado, incomprensible. Pensar en alto que por una vez la tuve sin tenerla, que no me aclaré cuando tan claro lo parecía tener. El nerviosismo, la indecisión, el miedo a otro fracaso que acabaría conmigo: he terminado fracasando sin fracasar, que es peor. Y recordar esos momentos absurdos en los que buscaba el suicidio en el abismo de sus pupilas, buscar la cercanía, intuir el susurro y no ser capaz de besarla, abrazarla o decir algo, cualquier cosa, que la hubiese hecho mía (cuando yo ya era de ella). Terminar perdido, enmarañado como su pelo corto, así es como ando, arrastrando inútilmente los pies por las calles doradas de melancolía.
Lanzar un suspiro que vacía el alma en la inmensidad adoquinada de la Plaza Mayor. Buscar un bar: un bocadillo de calamares y un bote de cerveza. Vagabundear al encuentro de un lugar donde sentarme y tranquilizar el espíritu. Un poyete en Tirso de Molina donde acabar con el bocata y la bebida mientras veo como se relaciona la gente, ver que son capaces, naturales, no como yo. Buscar un lugar desde el que mirar y pasar desapercibido. La vista escoge la ventana de un tercer piso donde una sutil señorita estira en la barra de ejercicios de una escuela de danza. Observar encantado a la bella dama mostrando esa magnífica levedad de hada que tanto me recuerda a ella. Pasa el tiempo y no quiero dejar de mirar, no quiero que esta situación acabe nunca, pero ella desaparece, espero a que baje y salga por el viejo portal, me gustaría verla de cerca por una sencilla cuestión de masoquismo, por ver si todavía me sigue recordando a ella.
Lo cierto es que sí, se parece. La sigo, desear decirla algo: te pareces increíblemente a una dama a la que no supe amar. O decir alguna cosa ingeniosa que a veces soy capaz de escribir pero incapaz de decir. Que pensaría ella de un tipo que la acecha en la noche morada con una frase tonta. Mejor no, mejor no ir, como he hecho siempre: rendirme antes de empezar.
Vuelvo por un Madrid solitario, me pierdo y deshago el camino que me trajo. Andar con las manos metidas en los bolsillos del pantalón y la mirada gacha. Marcharme sumergido en la oscuridad y el desamparo, bajo la tenue luz de las farolas y el reflejo en las aceras mojadas por las mangueras municipales.
Bajo la espesa tela de plata de la noche madrileña.
Salvador Franco Betrián
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