La placa que estaba en la puerta me anunciaba como detective privado. Como se han robado la placa mi secretaria colocó una hoja escrita con marcador azul:
Deteptibe Pribado
Privado de ortografía dirán algún bromista. Nunca faltan los comediantes. Esto de ser detective, sin carné del MVR, no reditúa para pagar una secretaria eficiente, inteligente, fea y con buena ortografía. Dicen que las secretarias que tienen los senos pequeños son inteligentes, pero yo las prefiero brutísimas.
Como era viernes miraba al techo rogándole a Dios que cayera algún militar engañado, alguna cuaima celosa. Estaba en la peladera más ubérrima. Me asaltó una duda sobre la existencia: que caballo podría jugar en la quinta?
La campanilla de la puerta me sacó de mis cavilaciones filosóficas. Un tipo desgarbado y con cara de político sin curul preguntó:
-¿Es usted el detective privado Bratton Slate.
-Si. Es mi nombre artístico. Mi verdadero nombre es Casimiro Juandiego. Siéntese, en que puedo servirle.
-Si como escribe investigue. Soltó el tipejo de manera irónica.
-Déjese de bromas. Que quiere: un detective o un académico de la lengua. Desembuche, o lárguese, estoy muy ocupado. Así soy yo un tipo tirado por la calle del medio, aunque después tenga que comerme mis zapatos.
-Creo que mi esposa es un vampiro.
-Todas lo son-dije levantándome de la silla- y las suegras unas arpías sin corazón.
-No en ese sentido poético ni metafórico, sino literal: una chupasangre sin pizca de piedad.
Me asomé por la ventana y vi como veinte tipos a punta de fal y metralletas robaban el quiosco de revistas. Pensé en la crisis. Veinte para un trabajo que antes hacía uno solo.
-Aja y donde encajo yo en todo esto. No tengo licencia para portar estacas de madera. Y detesto el ajo.
-No, sólo quiero que la sigue y confirme mis sospechas. No sé que le ha pasado desde que hace “espining”, milita en el MVR y lee libros ha cambiado una barbaridad.
-Cobro cinco lucas por hora. Las estacas de madera y los ajos corren por su cuenta. El tipo me extendió la foto de una rubia despampanante, de esas que salen en la revistas de musculosos. Como babeaba mojé el cheque de mis honorarios.
Seguí a la dama durante días. Hasta que en una esquina me esperó y en un descuido me aplicó una llave de luchador al tiempo que preguntaba con malas pulgas:
-¿Por qué diablos me sigues, cabrón?
-Me gustan las rubias atléticas y mal habladas, le conteste mientras apretaba los dientes.
-No eres un violador, o algo peor así como un vendedor de seguros.
-No. Trabajo en el banco de sangre. Pero hubo un desfalco de glóbulos rojos y me dieron el día libre.
A la rubia los ojos le brillaron como a Chávez cuando ve un micrófono. Me soltó y le propuse que habláramos y fuimos a tomar café. Me contó su vida. El chavismo cambió su vida. Antes era una gorda ama de casa. Leyó algunos libros de autoayuda y desde entonces decidió rebajar y quererse un poco más. Leyó el libro “Hacia una crítica de la razón patriarcal”, de Cecilia Amorós, y decidió de manera radical dejar de ser una ama de casa común corriente y convertirse en una Hilary Clintón de las Mercedes.
-Esa es mi vida, que le parece?
-Una telenovela escrita por un misógino machista. Dije con los ojos como platos por el asombro y la lujuria.
-Mi esposo cree que soy una vampira. Usted sabe de esas mujeres malas del cine negro. Es un obsesionado del género.
-Ah, a esas vampiras se refería.
-Si, el pobre ve muchas películas viejas en DVD y le ha pasado como a Don Quijote. O sea que se cree un hombres, gris, apocado, débil de carácter que es dominado por una vampiresa, que soy yo.
Le conté todo el rollo y se rió de lo lindo. Ya han pasado algunos días de esto. Ahora vivo un tórrido romance con la escultural mujer y a mi cliente no le he querido decir nada para no herir sus sentimientos y para seguir cobrando mis servicios. Las vampiras atléticas son costosas en estos postmodernos días.