| |
MI PRECIADO Y UTIL BOLIGRAFO AZUL
A la salida de clase, un miércoles cualquiera, iba yo tranquilamente cruzando un paso de cebra, con mi carpeta en la mano y un bolígrafo "bic" azul sujetado por las gomas de la carpeta. Cuando casi había llegado a mi destino, es decir, a la acera, mi bolígrafo azul, mi preciado bolígrafo azul, mi útil bolígrafo azul, cayó aceleradamente de mi carpeta a la carretera. En ese preciso momento el semáforo se puso en rojo, por lo que no podía entretenerme en recoger mi bolígrafo azul, mi preciado bolígrafo azul, mi útil bolígrafo azul.
Así que pensé, bueno, luego cuando el semáforo se vuelva a poner verde, lo recupero. Y mientras esperaba pacientemente en la acera, vi como un despiadado coche se acercaba velozmente hacia mi bolígrafo azul, mi preciado bolígrafo azul, mi útil bolígrafo azul. Y aunque no quise verlo, todo ocurrió tan deprisa, en apenas unas décimas de segundo, que cuando me quise dar cuenta, quedo destrozado en mil pedazos.
Yo pegue un grito. Y toda la gente que estaba a mi derecha esperando el autobús dirigió su mirada hacia mí, como si yo estuviera loca. Y no era así, yo no estaba loca, sino triste por la perdida de aquel bolígrafo azul, aquel preciado bolígrafo azul, aquel útil bolígrafo azul, que en tantos exámenes me había acompañado, que tanta sabiduría me había ofrecido - puesto que llevaba todos los verbos de francés rallados en sus seis costados - que tantos buenos y nerviosos recuerdos me traía. Y entre tanto pensamiento, otro cruel coche, esta vez era un taxi, remato a mi bolígrafo azul, a mi útil bolígrafo azul, y ahora también, a mi despedazado bolígrafo azul.
En ese momento apareció el autobús, me monte en él, y lo deje allí tirado en el suelo, deshecho en mil pedazos y con millones de coches, motos y autobuses acechándolo. Mientras iba en el autobús, camino de casa, pense en cuantos malditos coches le volverían a pisar, en cuantos gamberros le darían una patada, hasta que un alma piadosa o un niño curioso lo cogiera y lo depositara en un lugar más seguro.
Al día siguiente volví al lugar de aquel horrible accidente, y ya no estaba, quizás no fuera ninguna alma piadosa o ningún niño curioso, sino simplemente el barrendero que cumplía con su obligación y lo retiró de aquel maldito lugar.
Quise dejar una flor en el lugar del accidente. Pero no lo hice por que pense que iba a correr la misma suerte que mi bolígrafo azul, mi preciado bolígrafo azul, mi útil bolígrafo azul, mi despedazado bolígrafo azul.
Nayra Sánchez Reguilón
|
|